viernes 11 de septiembre de 2009

Reiteran gravedad del calentamiento climático en el Ártico

WASHINGTON, 10 de septiembre.— El aumento de las temperaturas en los últimos 150 años ha tenido un enorme efecto en el Ártico y, si se mantiene, esa región del mundo está condenada a desaparecer, advierte un estudio publicado hoy en la revista Science, citado por EFE.

"El Ártico, como lo conocemos, muy pronto podría ser una cosa del pasado", señaló Eric Post, profesor de biología de la Universidad estatal de Pennsylvania.

Post encabezó un estudio internacional sobre los ecosistemas y su reacción biológica ante el calentamiento del Ártico. La investigación documentó las consecuencias sufridas por plantas, animales, insectos y seres humanos ante el calentamiento ambiental. En los últimos 20 a 30 años, la capa estacional de hielo se redujo 45 000 kilómetros cuadrados por año, así como también la capa de nieve.

También, "las especies en tierra y en el mar están sufriendo consecuencias adversas del comportamiento humano en latitudes que están a miles de kilómetros de distancia", señala el estudio. "Dondequiera que uno mire, en tierra firme, en el aire o en el agua, estamos viendo las señales de un rápido cambio", indica.

viernes 31 de julio de 2009

El Satélite IBEX Detecta Atomos Veloces de Hidrógeno Neutro Viniendo de la Luna

El satélite IBEX de la NASA ha realizado las primeras observaciones de átomos de hidrógeno muy veloces provenientes de la Luna, después de décadas de especulación y búsqueda de pruebas de su existencia.

El viento solar, un flujo de partículas cargadas provenientes del Sol, se mueve por el espacio en todas direcciones a velocidades a menudo del orden del millón de kilómetros por hora. El fuerte campo magnético de la Tierra protege a nuestro planeta del viento solar. La Luna no tiene tal protección, debido a que su campo magnético es bastante débil, lo que provoca que el viento solar impacte sobre la superficie del satélite en el lado donde es de día.

Desde su magnífica atalaya en el espacio, el satélite IBEX ve cerca de la mitad de la Luna; un cuarto corresponde al lado donde es de noche y el otro cuarto al lado donde es de día. Las partículas de viento solar impactan sólo en el lado diurno, donde la mayoría quedan incrustadas en la superficie lunar, aunque algunas se dispersan en diferentes direcciones. La mayoría de estas últimas se convierten en átomos neutros al adquirir electrones de la superficie lunar.

David J. McComas, investigador principal del IBEX, y su equipo de científicos, estiman que sólo cerca del 10 por ciento de los iones del viento solar se refleja en la cara visible de la Luna como átomos neutros, mientras que el 90 por ciento restante queda incrustado en la superficie lunar. Algunas características de ésta, como por ejemplo el polvo, los cráteres y las rocas, influyen en el porcentaje de partículas que quedan incrustadas y en el de las partículas neutras, así como en las direcciones en las que se esparcen.

La misión primaria del IBEX es observar y mapear las complejas interacciones que se producen en los confines del sistema solar, donde los vientos solares del orden del millón de kilómetros por hora chocan contra el material interestelar del resto de la galaxia. El IBEX lleva a bordo los detectores de átomos neutros más sensibles transportados al espacio hasta ahora, permitiendo a los investigadores no sólo medir la energía de las partículas, sino además tomar imágenes precisas del lugar del que están viniendo.

El equipo publicará para finales del verano el primer mapa producido por el IBEX de todo el cielo, el cual mostrará los procesos energéticos que tienen lugar en los confines del sistema solar. El equipo no hará comentarios hasta que la imagen esté completa, pero McComas ya adelanta que el mapa no se parece a ninguno de los modelos previos.

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Un Fósil Ayuda a Esclarecer el Origen Evolutivo de los Dientes de las Pirañas

¿Cómo evolucionaron las pirañas, los legendarios peces de agua dulce que muerden con dientes tan afilados como navajas de afeitar, para conseguir su célebre y peligrosa dentadura? Un equipo de investigadores de Argentina, Estados Unidos y Venezuela ha descubierto la mandíbula de un espectacular fósil de pez, con anatomía de transición, que aclara esta pregunta. Denominado Megapiranha paranensis, este pez antes desconocido es un puente evolutivo tendido entre las pirañas carnívoras y sus primos herbívoros.

Las actuales pirañas tienen una sola fila de dientes triangulares como la hoja de una sierra. Pero sus parientes más cercanos tienen dos filas de dientes cuadrados, probablemente porque resulta mejor para aplastar frutas y semillas.

La Megapiranha paranensis muestra un modelo intermedio: sus dientes están distribuidos en una fila en zigzag. Esto sugiere que se comprimieron las dos filas para formar una sola en las pirañas. "Casi podría decirse que los dientes están migrando de la segunda fila a la primera", apunta John Lundberg, de la Academia de Ciencias Naturales en Filadelfia y coautor del estudio.

Si esto es así, la Megapiranha paranensis puede ser un paso intermedio en el largo proceso que condujo a la temible capacidad de morder de las pirañas. Para averiguar dónde ubicar la Megapiranha paranensis en el árbol evolutivo de estos peces, la investigadora Wasila Dahdul examinó cientos de especímenes de pirañas modernas y sus parientes.

Algo muy interesante y útil de este grupo de peces es que sus dientes tienen rasgos muy distintivos. Un solo diente puede decirnos mucho sobre la especie a la que pertenece y con qué otros peces se relaciona ésta evolutivamente.

El análisis filogenético hecho por Dahdul confirma que la Megapiranha paranensis encaja bien entre las pirañas y sus parientes más cercanos con dos filas de dientes cuadrados.

El fósil de Megapiranha paranensis fue originalmente encontrado en el nordeste de Argentina a comienzos de la década del 1900, pero seguía sin ser analizado debidamente hasta que el paleontólogo Alberto Cione del Museo de La Plata en Argentina redescubrió el espécimen en los años ochenta. A partir de aquí, los exámenes se han sucedido.

Los resultados de los análisis sugieren que la Megapiranha paranensis vivió hasta hace 8 ó10 millones de años en una red fluvial de Sudamérica. Pero usted probablemente no lamente su extinción, ya que no querría encontrarse hoy con uno de estos animales. La megapiraña era un pez grande, de mayor tamaño que las pirañas de hoy día. Comparando los dientes y la mandíbula con los mismos huesos en las especies actuales, los investigadores estiman que esta megapiraña fósil, y presumiblemente muchos de sus congéneres adultos, medían hasta un metro de longitud. (Tomado de : www.amazings.com/ciencia )

Océanos en riesgo

ISMAEL CLARK ARXER (*)

Las aguas oceánicas cubren unas tres cuartas partes de la superficie del globo terráqueo; en ellas se encuentran contenidas las nueve décimas partes de los recursos hídricos y la mayoría de los seres vivos del planeta. Los océanos han sido y son esenciales para la vida y de hecho son parte sustancial de nuestra biosfera, influyen en nuestro clima y sus condiciones inciden en nuestra salud y nuestro bienestar.

Según explica la declaración emitida el pasado 1º de junio por 70 academias de ciencias de todo el mundo, entre ellas la de Cuba, el rápido incremento de las emisiones de dióxido de carbono (CO2) a partir de la Revolución Industrial en el siglo XIX ha implicado un aumento de la acidez de los océanos que pudiera llegar a tener profundas consecuencias sobre las plantas y animales marinos, de manera especial los que necesitan del carbonato de calcio para crecer y sobrevivir, así como para otras especies que dependen de estos para su alimentación.

El grado de acidez al que han llegado las aguas marinas en los últimos 200 años es probablemente el mayor experimentado en cientos de miles de años y, lo que resulta aún más crítico, se incrementa a una tasa 100 veces mayor que en ningún momento anterior.

Esta situación se encuentra en relación directa con el hecho de que las actividades humanas, especialmente las industriales, han provocado un incremento desmesurado del CO2 atmosférico. Parte de ese aporte ha permanecido en la atmósfera, donde constituye una de las causas principales del aumento del efecto invernadero, mientras que otra parte se ha fijado por las plantas terrestres; el resto, en tanto, ha sido absorbido por los océanos.

De acuerdo con datos científicos confiables, la concentración atmosférica de CO2 es actualmente la más alta experimentada por la Tierra en al menos los últimos 800 000 años, y muy probablemente en los últimos 25 millones de años, lo cual ha conducido y conducirá a un aumento significativo de la temperatura de la atmósfera y los océanos en las próximas décadas. A su vez, el océano ha absorbido cerca de 430 000 millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2) atmosférico, lo que representa algo así como la tercera parte de las emisiones de CO2 producidas por el hombre.

MEDIO DE VIDA PARA MILLONES DE PERSONAS

En el medio marino se realiza la mayor parte del comercio internacional y casi un 30 % de la extracción de petróleo. El valor de las pesquerías mundiales se calcula en unos 50 000 millones de dólares y su volumen en cerca de 90 millones de toneladas. En el sector pesquero y la acuicultura encuentran empleo unos 36 millones de personas, que perderán sus trabajos de continuar agravándose la situación actual.

En los últimos diez años, el organismo especializado de Naciones Unidas ha venido alertando sobre las que se calificaron como mayores amenazas para los océanos del mundo: la contaminación procedente de actividades terrestres; la excesiva explotación de los recursos marinos vivos y la alteración o destrucción de los hábitat marinos. Ahora se suma a ese complejo cuadro este nuevo factor, cuyo alcance y consecuencias han venido a percibirse con total claridad solo en los últimos años: el de la creciente acidificación relativa de las aguas oceánicas.

La absorción natural de CO2 por los océanos mundiales contribuye a mitigar los efectos adversos sobre el clima que originan las emisiones antropogénicas de ese gas de invernadero, pero los daños producidos a los ecosistemas marinos por la acidificación representan un precio demasiado alto para aceptarlo pasivamente y sobre ello han venido alertando los científicos.

Hace apenas cuatro años una prestigiosa institución, la Real Sociedad de Londres (la academia de ciencias británica) publicó una revisión exhaustiva acerca de la acidificación de los océanos y de sus consecuencias potenciales, si bien el término de "acidificación oceánica" había sido utilizado ya por Caldeira y Wickett dos años atrás.

Al decir de la Declaración suscrita ahora por las academias, un asunto crucial es que si bien es posible predecir de manera bastante exacta el modo en que pueden transcurrir los cambios químicos en el océano, eso no ocurre igual con los impactos que esos cambios pueden inducir, sobre los cuales es muy poco todavía lo que sabemos con certeza. En cualquier caso, se dispone de una creciente evidencia acerca de una variada gama de efectos biológicos y procesos biogeoquímicos marinos que tienen que ver con el ciclo del carbono. En ese sentido, se han constatado ya impactos atribuibles a esta causa tanto en regiones polares como en zonas tropicales.

En términos prácticos, es preciso percibir que si bien la acidificación oceánica es un fenómeno de escala global, los cambios en la química de los mares se presentarán de un modo diferente en una u otra región, de modo que algunas serán más rápidamente afectadas que otras. Por ejemplo, se estima que el incremento en acidez se hará patente con mayor rapidez en la zona del Mar de Behring y del Pacífico Oriental. Pero también en mares tropicales como los que circundan la extensa y famosa Gran Barrera de Coral, situada entre Australia y Nueva Guinea, se producirán efectos adversos tales como el descenso en la concentración de iones carbonato que son imprescindibles para la estructuración de los arrecifes coralinos.

DETENER DRÁSTICAMENTE LAS EMISIONES DE CO2

De acuerdo con modelaciones realizadas en los últimos años, en la época precedente a la Revolución Industrial casi todas las áreas tropicales y sub-tropicales de arrecifes coralinos estaban rodeadas por aguas con una composición favorable al crecimiento de los corales. Por el contrario, se teme que si la concentración atmosférica de CO2 llega a estabilizarse en 450 ppm (partes por millón) solo una pequeña fracción, del orden del 8%, de los arrecifes tropicales y subtropicales quedarían circundados por aguas favorables a su crecimiento. En el caso temible de que dicha concentración alcanzara las 550 ppm bien pudiera tener lugar una disolución masiva de los arrecifes de coral a escala mundial. Para los corales de aguas frías la perspectiva no es mucho más halagüeña: al ritmo que van las cosas, hacia el año 2110 un 70% de los mismos pudieran estar rodeados de aguas desfavorables a su desarrollo.

Es bien cierto que como consecuencia de los cambios en las condiciones de los océanos algunos organismos vivos podrían salir beneficiados, pero para la mayoría de las especies esto no es así, pues las mismas crecen y se desarrollan en las condiciones actuales como resultado de un largo periodo de adaptación. En consecuencia es de temer que, si no se ataja el actual deterioro de las condiciones químicas oceánicas, el daño a los ecosistemas marinos podrá ser de gran severidad.

Al pensar en posibles formas de mitigación, la posibilidad de corregir o atenuar el incremento en acidez mediante la adición masiva de sustancias químicas a los océanos parece sumamente improbable, debido a sus elevados costos y a que es difícil predecir si tales sustancias no tendrán a su vez otros efectos adversos para el entorno marino.

La única alternativa plausible, para minimizar en lo posible cambios aún de mayor envergadura y por plazos todavía más largos en la composición de los océanos, es la de refrenar el incremento de las concentraciones atmosféricas de CO2 mediante la reducción drástica de las emisiones de dicho gas provenientes de actividades humanas. Así lo aprecian las academias de ciencias de todos los continentes, las que reclaman de los gobernantes medidas eficaces para lograr la reducción de las emisiones de CO2, hacia el año 2050, en no menos de un 50% con respecto a los volúmenes emitidos en 1990 y seguir logrando después reducciones adicionales.

Para diciembre de este mismo año 2009 está convocada una nueva (¡la 15ª!) Conferencia de las Partes de la Convención de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, destinada a buscar un acuerdo que consiga alcanzar esas necesarias reducciones. Una reciente reunión preparatoria de la misma, la de órganos subsidiarios de dicha Convención, ha tenido lugar este mes de junio con resultados —si así pudieran llamarse— poco promisorios. Al decir de informaciones disponibles, uno de los puntos de divergencia es, precisamente, la apreciación del grupo de países desarrollados que los lleva a plantear concentraciones de CO2 del orden de los 450 ppm para el año 2020, en tanto los países en desarrollo vienen demandando concentraciones máximas inferiores a 350 ppm en ese mismo plazo —lo cual mantendría la variación de la temperatura global por debajo de 1,5 grados centígrados— y para ello arguyen con sobradas razones que los mayores impactos del cambio climático se sentirán en nuestros países.

El tiempo dirá si prevalece en este crucial asunto la arrogancia y la codicia de los poderosos o se abren paso la cordura y la racionalidad en el ordenamiento socioeconómico mundial. A todas luces, esto último es imprescindible si han de salvarse los océanos y con ellos la Humanidad. (Tomado de CubaDebate)

(*) El autor es presidente de la Academia de Ciencias de Cuba

domingo 12 de julio de 2009

Cambio Climático, Cambios en la Vegetación y Propensión a Incendios Forestales

La elevación de las temperaturas puede conducir a vegetación más seca, pero eso no quiere decir que necesariamente deba haber un riesgo más alto de incendios forestales en una área en particular, ya que, según un nuevo estudio, en algunos casos, los tipos de vegetación predominantes en una zona podrían contrarrestar los efectos del cambio climático sobre la propensión a los incendios forestales.

El científico Tom Brown, del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore, junto con Philip Higuera, de la Universidad Estatal de Montana y colegas de la Universidad de Illinois en Urbana, y de la de Washington, estudiaron los impactos directos e indirectos del cambio climático, en una escala de milenios, sobre la incidencia de incendios en las zonas sur y centro de la Cordillera Brooks en Alaska.

Mediante el análisis de sedimentos recogidos en el fondo de varios lagos, el equipo estudió la incidencia histórica de incendios.

Los investigadores dataron mediante carbono-14 los depósitos en los sedimentos y reconstruyeron la incidencia de incendios desde el año 15.000 a.C. hasta el presente. Luego midieron la cantidad de fragmentos vegetales, como por ejemplo polen fósil, para hacerse una idea de qué tipo de vegetación dominaba el área durante diferentes períodos de tiempo. Como los anillos de crecimiento en los árboles, las diferentes capas de sedimentos representan diferentes épocas en el pasado.

La conclusión a la que han llegado los autores del estudio es que los cambios en la frecuencia histórica de los incendios coinciden con los cambios en el tipo de vegetación en el área. Además, coinciden más con los cambios de vegetación que con las elevaciones de la temperatura por sí solas.

En otras palabras, tal como advierte Brown, si todo lo que hiciéramos fuera observar las temperaturas en aumento, haciendo caso omiso de la vegetación en la zona, el perfil obtenido exclusivamente de los datos de temperaturas no sería un buen indicador de las probabilidades de incendios naturales en una región específica. Conviene examinar el cuadro completo.

Hay una compleja relación entre los combustibles y el clima. La vegetación puede tener sobre la incidencia de incendios un impacto profundo que sea opuesto o independiente de la influencia directa del clima sobre los incendios.

Así pues, al menos para el periodo de tiempo y el lugar estudiados, los cambios en el clima resultan ser menos importantes para el riesgo de incendios forestales que los cambios en la vegetación. A pesar de una transición desde un ambiente frío y seco a un ambiente cálido y seco hace aproximadamente 10.500 años, los investigadores encontraron una marcada disminución en la frecuencia de incendios. Los núcleos de sedimento de ese período de tiempo revelan un cambio de vegetación desde arbustos inflamables hacia árboles de hoja caduca, más resistentes al fuego.